23/11/2007 - ...Y el lapso para que cedan tantas presiones de trabajos, exámenes, finales de proyectos, parece extenderse solo, y nos asemejamos a un preso marcando con uñas en la pared los días que faltan para la libertad. Enero es el nombre del destino que nos pulsa, mientras el cansancio nos provoca fiebre hedonística.
Los diarios comienzan a estimularnos con publicidades turísticas, y ensayamos una sonrisa beatífica ante esas fotos donde siempre aparecen rubios surfeando felices arriba de un tsunami, o minas cabalgando en campos desérticos, o flacos esquiando en la punta del Everest, cuando en realidad nos da vértigo hasta subirnos a una silla para cambiar una lamparita del plafón.
Acto seguido sobrevienen las preguntas inevitables:
¿Dónde vamos? ¿Qué haremos? El problema que ocasiona lo tan ansiado, es que después cualquier inconveniente nos pincha el globo y nos deja más frustrados que niño al que se le voló el cucurucho. Veamos:
Los coterráneos de mucha “mosca” pueden planear irse a lugares exóticos, paisitos lejanos, comarcas inhóspitas. Pero ahí comienza la corrida y colas para renovar pasaporte, aplicarse cincuenta vacunas para pestes diversas, poner alarmas y un GPS en el equipaje (además de hacerlo bendecir por un cura, a fin de protegerlo a toda costa) y averiguar si han anunciado terremotos o tifones para esa fecha en el terruño a abordar. Claro que hay algo que nunca se puede prever y pasa: por ejemplo, que en esa patriecita a la viuda de algún coronel retirado se le ocurra encabezar un golpe de Estado y cierren las fronteras justo cuando el noble turista acaba de clavar la sombrilla. ¿Consejo sano? Averiguar si el consultado argentino tiene al menos una piletita de lona disponible.
También está la gente como yo, que va a Mar del Plata, Gesell o Carlos Paz. Mi obra social cita en la cartilla hoteles famosos de cinco estrellas, pero cuando uno llega y dice “vengo por el sindicato”, te mandan al cuartito de las herramientas, o casi, y hay que llevarse uno mismo las toallas debajo del brazo y el dibujito de una ventana. Además nos acucia otro escenario: la nación entera se va de vacaciones a las mismas localidades en idéntico momento, o sea que se trasladan como paquete consabido las aglomeraciones, bocinazos, smog y tensiones del resto del año.
Finalmente quedan los que permanecen aquí, privilegiados habitantes de una ciudad desierta en la que todo les pertenece por sesenta días, y por momentos quisieran imitar la idea de Bush hacia México, y construir una muralla para que los que se fueron no puedan volver a entrar. Pero eso es imposible, otra vez vendrá marzo, el caos, y de nuevo, millones de porteños nos veremos impulsados por la misma pregunta por otros nueve meses: ¿cuándo llegan las vacaciones?