22/12/2007 - ...Esta es una original proposición que los fanáticos del casamiento para siempre no verán con agrado. Los divorcistas, en cambio, sentirán que finalmente las leyes se podrían adaptar a los movimientos sísmicos que sufren todos los vínculos en los tiempos presentes, evitando sobrecargar los juzgados de demandas controvertidas y violentas entre ex parejas tormentosas.
Por otro lado, la idea de legalizar una unión entre cónyuges a plazo fijo ayudaría a darle un final sencillo a una ficción, cuando ya no existen sentimientos de afecto y los contrayentes tienen menos diálogo que políticos opuestos en vísperas de comicios.
Pero la pregunta es: ¿por qué siete años? ¿Por qué no dos con opción a tres, o cinco, o diez? ¿Por qué siete?, repito.
Busquemos razones
La primera que se me ocurre es que según dicen el último casorio de esta diputada social-cristiana duró ese lapso y esto la condicionó al pensar el número.
Otra opción es que ella haya visto en algún canal “retro” la película “La Comezón del Séptimo Año”, comedia de los años 50 en la que a un señor cuya esposa se va a pasar unos días al campo se le aparece una nueva vecinita que trata de seducirlo, nada menos que Marlyn Monroe. En este film está la mítica escena donde la Monroe se refresca las piernas con el aire que sube desde el metro americano….provocando la comezón de los espectadores masculinos.
También existe la posibilidad de que Gabriela Pauli haya tenido un amigo astrólogo, de esos que insisten que cada siete años se produce una crisis en nuestra existencia, y que tal vez por eso Moria y Artaza no vayan a seguir trabajando juntos después de haber cumplido un espacio similar de éxitos ininterrumpidos.
Pero lo más importante sea esa insistencia del bíblico número siete en nuestras vidas: los pecados capitales, los mares, los chacras o centros de energía, los días de la semana, las maravillas del mundo, etc.
De todos modos, con cifra misteriosa o no, se renueva una vez más la vana ilusión desde el Estado de solucionar un fenómeno diario terriblemente humano e individual. Me refiero a esta epidemia que ataca multitudes hoy y que podría resumirse en la frase: “no puedo vivir con vos, y sin vos tampoco”. O dicho de otro modo, la lucha interior diaria entre el deseo y la prohibición, en un mundo de valores en fuga, donde pareciera que formar una familia se vuelve un proyecto castrador, y el arte de convivir, es un libro de tapas duras perdido bajo el polvo en alguna góndola en liquidación.