Fuego que vuelve

Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello

Algunas historias que avanzan como los ríos, siempre hacia adelante, y otras que describen un arco más amplio, regresan al origen y lo iluminan desde otro ángulo. La de Alejandro y Sebastián Bernardez pertenece a este segundo grupo. Empieza en la Argentina de barrios tranquilos y veredas largas, atraviesa el océano con la obstinación del trabajo cotidiano y vuelve a Italia convertida en proyecto cultural. En tiempos donde tantos argentinos recorren los pasos de sus abuelos inmigrantes, ellos representan una versión contemporánea de ese viaje inverso, cargado de aromas, sabores y una manera particular de entender la hospitalidad.
La infancia de los hermanos transcurrió en un entorno sencillo, con patios donde la imaginación hacía de todo escenario posible, con tardes de fútbol improvisado y noches en las que la mesa familiar reunía más que platos. Allí, entre cucharadas de flan con dulce de leche y conversaciones que se estiraban sin mirar el reloj, se fue formando una sensibilidad que más tarde encontraría su expresión en la gastronomía. La comida, entendieron desde chicos, era una excusa perfecta para juntarse, para escuchar, para crear vínculos.
La vida adulta los empujó lejos de ese paisaje conocido. Italia apareció primero como oportunidad laboral y terminó siendo territorio de construcción. Sebastián comenzó a transitar el mundo de los bares y restaurantes desde los puestos más humildes, aprendiendo cada detalle del oficio, desde la atención al público hasta la organización de una cocina en pleno movimiento. Alejandro acompañó ese proceso con una mirada estratégica que supo transformar intuiciones en proyectos concretos. De esa alianza fraterna surgió una idea que fue tomando forma, la de llevar a Europa una propuesta argentina auténtica, elegante y profundamente humana.
Milán se convirtió en el laboratorio perfecto para ese sueño. En una ciudad donde la estética forma parte de la vida diaria, los Bernardez apostaron por una cocina que respetara la tradición del asado y al mismo tiempo dialogara con el gusto contemporáneo. La parrilla se integró al diseño, la carne ocupó un lugar central en cartas pensadas con precisión y el chimichurri dejó de ser una rareza para convertirse en compañero habitual de los platos. La experiencia se completaba con un cierre que pronto se volvió emblema, flan suave, dulce de leche generoso, un final que despertaba sonrisas incluso en quienes lo probaban por primera vez.
Ese primer éxito abrió un camino que fue creciendo con naturalidad. El Porteño pasó de ser un restaurante a convertirse en una referencia, una manera reconocible de acercar la cultura argentina al público italiano. La propuesta se expandió hacia Roma, donde El Porteño Teatro Valle se instaló en una zona cargada de historia, entre el Pantheon y Piazza Navona. Allí, la parrilla a la vista funciona como escenario cotidiano, una coreografía de fuegos y gestos precisos que transforma la cocina en espectáculo silencioso. El ambiente combina elegancia y calidez, una mezcla que invita a quedarse, a prolongar la charla, a sentir que el tiempo se acomoda al ritmo de la mesa.
La aventura continuó hacia el sur, hasta Porto Cervo, en la Costa Smeralda. En ese entorno marítimo, El Porteño adoptó una estética distinta, más ligada a la luz del Mediterráneo y a la serenidad del paisaje. Las terrazas frente al puerto, los interiores cuidados hasta el último detalle y una carta que acompaña la experiencia con vinos argentinos e internacionales crean un clima donde la gastronomía se funde con el disfrute del lugar. El asado mantiene su protagonismo, el flan vuelve a cerrar cada velada con su promesa dulce y el público descubre que la identidad puede adaptarse sin perder fuerza.
A lo largo de este recorrido, los hermanos consolidaron una manera de trabajar que va más allá de abrir locales. Construyeron espacios pensados como casas, sitios donde el comensal se siente recibido desde el primer momento. Esa filosofía se extendió también a proyectos que integran gastronomía y hotelería, generando experiencias completas que comienzan en la mesa y continúan en el descanso, en la conversación, en la sensación de pertenecer a un lugar.
Un legado que se renueva
Detrás del crecimiento empresarial hay una historia íntima marcada por el esfuerzo. La juventud de Sebastián estuvo atravesada por trabajos exigentes, por jornadas largas en bares y restaurantes que fueron moldeando una ética de constancia. Alejandro aportó la capacidad de ordenar ese impulso en estructuras sólidas, de convertir la pasión en organización. Juntos construyeron una sociedad que se apoya en valores simples, respeto por la gente, cuidado por la calidad, atención a los detalles que parecen pequeños y terminan siendo decisivos.
Ese modo de hacer empresa tiene raíces profundas en la educación recibida. Crecer en un barrio trabajador dejó huellas que hoy se reflejan en cada decisión. La conciencia de que nada se sostiene sin dedicación diaria, la convicción de que el éxito se construye en equipo, la idea de que la gastronomía puede ser una herramienta cultural poderosa. En cada nuevo proyecto, desde los restaurantes hasta las propuestas gourmet y los espacios vinculados a la hospitalidad, aparece la misma intención, crear comunidad alrededor de la mesa.
El viaje de estos dos hermanos tiene además una dimensión simbólica. Sus abuelos cruzaron el Atlántico buscando oportunidades en la Argentina. Ellos regresan a Italia con una identidad consolidada, llevando consigo una tradición que se transformó con el paso del tiempo. En ese ida y vuelta se inscribe una historia mayor, la de las migraciones como motores de cambio y de mestizaje cultural. Hoy, cuando tantos argentinos redescubren Europa como horizonte, la experiencia de los Bernardez ofrece una imagen clara de lo que puede surgir cuando raíces y futuro se encuentran.
La cocina argentina que proponen en Italia se vive como ritual social. El asado convoca a compartir, el chimichurri acompaña con su carácter inconfundible, el flan con dulce de leche cierra la escena con una complicidad casi universal. Para muchos italianos, esos sabores representan un descubrimiento. Para muchos argentinos que viven lejos, significan un reencuentro con la memoria. En ambos casos, la mesa se convierte en puente.
El Porteño Teatro Valle resume esta filosofía con especial claridad. En un entorno urbano cargado de historia, el restaurante propone una experiencia donde tradición y contemporaneidad conviven de manera natural. La parrilla ocupa el centro, los cortes se trabajan con técnicas cuidadas, el ambiente invita a una elegancia relajada que se siente accesible. Comer allí es viajar sin moverse, cruzar océanos a través del paladar.
En Porto Cervo, la propuesta suma otra tonalidad. El mar aporta calma, la arquitectura dialoga con el paisaje y la gastronomía se integra a un escenario de belleza serena. Cada visita se convierte en un recuerdo que combina sabores y sensaciones, una escena que queda grabada más allá del plato servido.
Hoy, en alguna mesa de Milán, de Roma o de la Costa Smeralda, alguien descubre por primera vez un bife jugoso acompañado de chimichurri, pide flan con dulce de leche por curiosidad y termina llevándose una historia sin saberlo. La de dos hermanos que transformaron su biografía en proyecto, que hicieron de la memoria una herramienta de futuro y de la parrilla un lenguaje capaz de cruzar fronteras.
Al final, todo vuelve a la misma imagen inicial, un fuego encendido alrededor del cual se reúnen personas distintas. En ese círculo de luz se reconocen Alejandro y Sebastián Bernardez, hijos de un barrio argentino, protagonistas de una aventura italiana, narradores de una épica moderna donde el éxito se mide en mesas compartidas y en vínculos que crecen con el tiempo. Porque hay relatos que se escriben con palabras y otros que se cuentan con sabores, y este pertenece, sin duda, a los dos.