Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello
Ciertos barrios se entienden a partir de una postal, y otros que exigen tiempo, memoria y experiencia. Koukaki y Ano Petralona pertenecen a esta segunda categoría. Situados a los pies de la colina de Filopappou y a pasos de la Acrópolis, han atravesado décadas de transformaciones que modificaron su paisaje y su identidad, mientras conservan capas profundas de historia urbana.
A mediados de los años noventa, cuando todavía cursaba la secundaria, mi padre anunció que dejaría el barrio donde yo había crecido para instalarse en Koukaki. El nombre me resultaba extraño. Mis compañeros tampoco sabían ubicarlo. Él intentó explicarlo como una continuidad natural de Plaka, apelando a mi cariño por esa zona. Mi madre recordaba vagamente que se encontraba cerca de Filopappou, aunque lo asociaba con un sector poco atractivo. Para mí era apenas una referencia incierta en la ciudad.
Filopappou, en cambio, formaba parte de mis recuerdos de infancia. Allí íbamos de picnic y caminábamos por los senderos diseñados en los años cincuenta por Dimitris Pikionis, un entramado de piedras y fragmentos de mármol que convertía cada paso en una experiencia estética. Desde los bancos de piedra, la vista del Partenón dominaba el horizonte, con el monte Licabeto dibujándose detrás. Esa perspectiva era, para mí, la definición misma de Atenas.
Con amigos frecuentábamos el Pnyx, la colina donde en el siglo V a. C. se reunía la asamblea ciudadana. Nos sentábamos cerca de la Plataforma de los Oradores y aguardábamos el momento en que el sol teñía el Partenón de tonos dorados antes de que se encendieran las luces nocturnas. Aquella escena condensaba la ciudad en un solo encuadre. Las áreas densamente edificadas que descendían hacia Koukaki quedaban fuera de nuestra curiosidad.
Mi primera visita al nuevo hogar de mi padre alteró esa percepción. Tras atravesar la avenida Syngrou ingresamos en un tejido compacto de edificios levantados en las décadas de 1960 y 1970, resultado de la expansión urbana que recibió a quienes llegaban desde el interior del país. Sin embargo, al ascender hacia Tsami Karatasou el entorno cambió. El tránsito se volvió escaso, aparecieron casas de dos plantas con detalles neoclásicos y callejones empinados que conducían hacia la colina. El ambiente evocaba una Atenas más íntima, con un aire casi provinciano. Aquel día comenzó una relación que marcaría mi vida.
La topografía define con claridad las dos caras de Koukaki. En la parte baja se concentran comercios, ruido y edificios de vivienda colectiva. En las zonas superiores predominan residencias de principios del siglo XX y una atmósfera tranquila que recuerda al cine griego de mediados del siglo pasado. A medida que uno se aproxima a los sectores boscosos de Filopappou o al perímetro de la Acrópolis, la arquitectura adquiere mayor refinamiento. Algunos residentes identifican esa franja como Filopappou, aunque oficialmente pertenece al mismo barrio.
Durante los años noventa, la zona baja conservaba un entramado comercial diverso. Era posible adquirir desde prendas de vestir hasta electrodomésticos en pocas cuadras. Existían ferreterías, talleres de carpintería, sastres y tiendas tradicionales donde los propietarios conocían a sus clientes. En ciertos locales se servían platos caseros y ouzo en pequeñas mesas dispuestas sobre la vereda. Esa vitalidad cotidiana me atrajo lo suficiente como para mudarme allí cuando inicié mis estudios universitarios.
Me instalé en un departamento modesto en uno de los bloques residenciales de la parte inferior. La mayoría de los vecinos pertenecía a la generación que había migrado décadas antes a la capital, y las relaciones se basaban en la cercanía y el reconocimiento mutuo. Con el tiempo llegaron estudiantes y algunos inmigrantes de Europa del Este, aunque el carácter comunitario permanecía fuerte.
Mis recorridos diarios me llevaban inevitablemente cuesta arriba. Tsami Karatasou se convirtió en mi paseo habitual, seguida por la calle Filopappou, donde una sucesión continua de viviendas elegantes ofrecía una imagen armónica. Ese trayecto desembocaba en Petralona, dividida en sector alto y bajo según la pendiente. Ano Petralona se distinguía por su ambiente estudiantil, con tabernas y bares de ouzo en la calle Troon que atraían a jóvenes de distintos puntos de Atenas.
Pese a su proximidad con la Acrópolis y la plaza Syntagma, Koukaki permanecía relativamente al margen de los grandes circuitos. Carecía de hitos culturales destacados y de espacios que la proyectaran hacia el exterior. La situación cambió a fines de los noventa con la peatonalización de Drakou y Olympiou, que impulsó la apertura de cafeterías y restaurantes. La llegada del metro en 2000, con estaciones en Akropoli y Syngrou Fix, intensificó la transformación, reforzada por las obras vinculadas a los Juegos Olímpicos de 2004.
En 2001 me trasladé al extranjero para continuar mi formación y permanecí fuera de Grecia durante más de diez años. Mientras tanto, Atenas reformulaba su centro. En 2003 se consolidó el circuito peatonal alrededor de la Acrópolis, incluyendo Dionysiou Areopagitou, que separa Koukaki de Plaka. En 2009 abrió el nuevo Museo de la Acrópolis, lo que atrajo hoteles y alquileres temporarios. En 2010 el Centro Cultural Onassis se sumó como referencia cultural en la avenida Syngrou.
La crisis económica interrumpió abruptamente ese proceso. Numerosos comercios cerraron y el turismo se convirtió en la actividad predominante. Muchos propietarios optaron por alquilar sus viviendas a corto plazo. En 2014 regresé a Atenas y adquirí un departamento en Tsami Karatasou. Poco después, diversos medios internacionales destacaron a Koukaki como uno de los barrios más atractivos del continente, lo que coincidió con un aumento sostenido de precios y costos cotidianos.
Actualmente, Koukaki exhibe una energía diversa. El Museo Nacional de Arte Contemporáneo, inaugurado en 2020 en una antigua cervecería de la avenida Syngrou, complementa la oferta del Museo de la Acrópolis y del Centro Cultural Onassis. Restaurantes y bares conviven con algunos comercios históricos que lograron adaptarse al nuevo escenario.
Mi vida profesional como trabajadora independiente se entrelaza con estos espacios. Salute ofrece desayunos con influencia turca, Nerantzia combina calma diurna y movimiento nocturno, Hippy Hippo es punto habitual para brunch, y Little Tree Books and Coffee funciona como refugio para lectores y trabajadores remotos. Para la cena, Seawolf propone mariscos con enfoque contemporáneo, Tuk Tuk atrae por su cocina tailandesa y Lolos mantiene viva la tradición de la taberna clásica. En cuanto a helados, Django y Dolce Far Niente convocan a aficionados de toda la ciudad, mientras que el pequeño bar Lotte ofrece un ambiente acogedor en invierno.
El mercado de productores de los viernes en la calle Zacharitsa continúa siendo un punto de encuentro donde vecinos antiguos y nuevos intercambian noticias y mantienen la cohesión social.
Al avanzar hacia Ano Petralona, la atmósfera se vuelve más serena. El paseo peatonal entre Areopagitou y Apostolou Pavlou permite recorrer la ciudad con la Acrópolis iluminada al caer la noche. Durante el día, las laderas de Filopappou y el Pnyx ofrecen aire fresco y vistas abiertas. En la calle Troon, la taberna Oikonomou sigue sirviendo platos tradicionales, mientras Park Bench introduce sabores internacionales frente a una plaza arbolada. Calles como Agrafon, con viviendas bajas y jardines, evocan la Atenas de mediados del siglo XX. Cerca de Thisseio, un conjunto de 170 casas de piedra levantadas por iniciativa de la fundación de la reina Federica dio hogar a refugiados de Asia Menor y conserva una fisonomía que recuerda a un poblado de montaña.
Vivir junto a la Acrópolis implica formar parte de un territorio donde la historia antigua y la transformación contemporánea se entrelazan a diario. Koukaki y Ano Petralona siguen redefiniéndose, y en ese proceso continuo se refleja también mi propia trayectoria.

