La escena fue tan simbólica como contundente. En Melbourne, la ciudad donde Novak Djokovic construyó gran parte de su leyenda, el trono cambió de manos. Carlos Alcaraz venció al serbio por 2-6, 6-2, 6-3 y 7-5, se consagró campeón del Abierto de Australia y selló el traspaso definitivo de poder en el tenis mundial.
Djokovic fue fiel a su historia durante el arranque. En el primer set rozó la perfección: saque preciso, agresividad total y apenas cuatro errores no forzados. El público lo empujaba y el partido parecía encaminarse a una nueva noche épica del campeón más ganador de todos los tiempos. Incluso Alcaraz, desde el banco, lo reconoció: “Es imposible”.
Pero el tenis, como la historia, no se detiene. Alcaraz entendió que no podía jugarle desde el respeto sino desde su identidad. Ajustó el plan, bajó la velocidad, sumó efecto, alargó los intercambios y comenzó a dominar el ritmo del partido. A partir de allí, el español se adueñó de la final.
La derecha explosiva, la solidez física y la aparición constante de la dejada fueron minando a Djokovic. El segundo y tercer set quedaron rápidamente bajo control del número uno del mundo, con quiebres tempranos y autoridad emocional. El cuarto fue una pulseada de jerarquía, resuelta con temple en los momentos decisivos.
Con esta victoria, Alcaraz completa los cuatro Grand Slam, alcanza los siete títulos grandes y confirma lo que ya era evidente: no le quedan territorios por conquistar. A los 22 años, su dominio parece no tener techo. Salvo una lesión o una pérdida inesperada de ambición, no hay rival que hoy pueda discutirle el reinado.
En la casa de Djokovic, el rey cayó. Y el tenis, definitivamente, tiene nuevo dueño.
Foto: El Mundo