Sociedad | De un juego a un emprendimiento
De un juego con su nieta a un emprendimiento familiar que crece en Pergamino. La historia de Javier Cereseto, ingeniero agrónomo que cambió los números por la pasión y encontró en el helado artesanal una nueva forma de celebrar la vida.
Todo empezó sin plan de negocios ni estrategia comercial. Empezó como un juego. Javier Cereseto hacía helados caseros para compartir tiempo con su nieta Guadalupe. Una actividad simple, casi doméstica, que pronto empezó a llamar la atención de la familia. Después llegaron los amigos. Y con ellos, una frase que se repetía cada vez más: “¿Por qué no te animás a venderlos?”.
En octubre de 2024, esa pregunta dejó de ser una sugerencia y se transformó en un proyecto. Así nació Giuppo!, bajo una idea tan sencilla como potente: “Helado para mis amigos”.
El nombre no fue casual. “Giuppo” reúne dos mundos que atraviesan a Javier. Por un lado, su apodo de la infancia —“Jupo”— que aún hoy le dicen familiares y amigos. Por otro, un dialecto del norte de Italia, tierra de la que provienen todos sus ancestros, donde Giuppo significa un grupo de amigos que se junta a festejar.
De ahí surge también su lema, “Il momento de la felicitá”, una declaración de principios más que un slogan: hacer una pausa, disfrutar algo que gusta, compartir un momento feliz alrededor de un buen helado.
Durante años, Javier trabajó como ingeniero agrónomo en empresas multinacionales, analizando mercados y casos de negocio. Hasta que un día decidió aplicar ese mismo rigor… pero en sí mismo.
“Sentí que era el momento de analizar mi propio caso de negocio”, cuenta. El resultado fue un proyecto pensado desde el inicio con estudio de mercado, procesos eficientes y una obsesión clara por la calidad. Nada improvisado, aunque sí atravesado por la pasión.
El camino no fue sencillo. Hubo errores, aprendizajes y también decepciones, sobre todo al descubrir que no todos los “expertos” del rubro buscan enseñar excelencia. Pero con perseverancia y mucho trabajo, el producto comenzó a tomar forma. Y superó incluso las expectativas iniciales.
Si Giuppo! tiene una esencia clara, esa es la familiar. Javier no está solo. Está su esposa Gabriela, el motor silencioso y omnipresente del proyecto: estrategia, fábrica, mostrador y logística. “Sin ella, esto no hubiese sucedido”, reconoce sin dudar.
También están sus hijos, Victoria y Federico, y su yerno Julián, cada uno con un rol clave. Victoria aporta su saber en pastelería, transformando postres clásicos —lemon pie, brownie, carrot cake— en helados que conservan el sabor original. Federico y Julián son pilares en la fabricación diaria, mientras que este último también está al frente del mostrador y colabora en redes y comunicación.
Emprender en familia no está exento de desafíos, pero para ellos es, sobre todo, una fortaleza. Un aprendizaje compartido que se construye todos los días.
El primer tramo fue prudente: fábrica, delivery y take away. Cada integrante mantenía su trabajo y el tiempo no alcanzaba para un local abierto al público. Aun así, la respuesta fue clara. Quienes probaban Giuppo!, volvían. El desafío era otro: llegar a más gente.
La decisión llegó sola. Abrir un local no solo era una cuestión comercial, sino emocional. “Con el delivery no ves la reacción. En el local ves la cara de la gente cuando prueba el helado, y eso no tiene precio”, dice Javier, que todavía se pone detrás del mostrador algunos días para escuchar en primera persona la experiencia de los clientes.
Hoy, Giuppo! recibe a sus visitantes en la esquina de Pinto y Luzuriaga, un punto pensado para detenerse, estacionar sin apuro y compartir un helado en familia o con amigos.
Javier lo define sin rodeos: textura y sabor inigualables. Pero detrás de esa frase hay pilares claros: materia prima de calidad, procesos artesanales y un cuidado bromatológico extremo. El resultado es un producto que invita a probar todos los sabores, más allá de los clásicos infalibles como el dulce de leche o el chocolate.
No se trata solo de vender helado. Se trata de crear un momento.
A solo dos meses del inicio, el balance es más que positivo. Los pasos se fueron cumpliendo, incluso con obstáculos. Y el futuro se imagina en expansión, “más amplio en todo sentido”.
Para quienes sueñan con emprender, Javier deja un mensaje honesto y poco romántico: analizar, medir, entender riesgos y márgenes. Porque emprender no es fácil, y hacerlo sin planificación puede costar caro.
Giuppo! nació como un juego, creció como un sueño y hoy se consolida como una invitación sencilla y profunda: frenar un rato y disfrutar. Porque a veces, la felicidad también entra en un cucurucho.