Primero fueron los trends, después los "therians" y ahora las batallas de "farmear aura". Detrás de estas modas aparentemente absurdas hay algo mucho más profundo: una generación que crece bajo la mirada permanente de los demás, mientras un algoritmo decide qué ve, qué repite y qué termina considerando normal. Y para los padres, la pregunta ya no es solamente qué hacen nuestros hijos en internet, sino qué está haciendo internet con nuestros hijos.
Hay tendencias que duran unos días.
Otras permanecen algunas semanas.
Después desaparecen y son reemplazadas por una nueva palabra, un nuevo gesto, un nuevo desafío o una nueva forma de llamar la atención.
Pero quizás el verdadero fenómeno no esté en “farmear aura”, en los therians ni en el próximo trend que todavía no conocemos.
Quizás esté en algo mucho más grande.
En cómo estamos aprendiendo a construir nuestra identidad en una época en la que prácticamente todo puede ser observado, comparado, calificado y convertido en contenido.
“Farmear aura” nació como una expresión vinculada al lenguaje de los videojuegos y de internet. “Farmear” refiere a repetir acciones para acumular recursos, experiencia o puntos. El “aura”, en el lenguaje de las nuevas generaciones, representa algo parecido al carisma, la seguridad, la presencia o esa capacidad de parecer “cool”.
Hasta ahí, podría parecer simplemente otro meme.
Pero el fenómeno evolucionó.
Hoy existen las llamadas “batallas de aura”: dos jóvenes se enfrentan mediante poses, gestos, movimientos, caminatas o bailes mientras una audiencia determina quién transmite mayor presencia.
Y ahí aparece una pregunta que merece mucha más atención que la propia tendencia:
¿Por qué algo que hace poco podía resultar vergonzoso hoy puede convertirse en una conducta que miles de personas quieren imitar?
La respuesta no necesariamente está en que los jóvenes sean más “ridículos” que las generaciones anteriores.
Todas las generaciones tuvieron sus modas.
Todas tuvieron comportamientos que sus padres no entendían.
La diferencia es que ninguna generación anterior vivió dentro de un sistema capaz de repetir una misma conducta millones de veces frente a millones de personas, todos los días, durante horas.
En la década de 1950, el psicólogo Solomon Asch realizó una serie de experimentos que se convirtieron en un clásico de la psicología social.
La prueba era extremadamente sencilla: se mostraba una línea y luego varias alternativas de diferente longitud. El participante debía indicar cuál coincidía con la línea original.
La respuesta era evidente.
Pero había un detalle: los demás integrantes del grupo eran cómplices del experimento y, deliberadamente, daban una respuesta incorrecta.
El resultado fue inquietante.
Una parte importante de los participantes terminó acompañando públicamente la respuesta equivocada del grupo, aun cuando podía ver con sus propios ojos que no era correcta.
Asch estaba estudiando la conformidad social.
Más de 70 años después, la pregunta podría ser todavía más incómoda:
¿Qué sucede cuando esa “mayoría” deja de estar sentada en una habitación y pasa a estar dentro del teléfono?
Para un adolescente de otras épocas, la presión social podía venir de sus compañeros de escuela, sus amigos del barrio, el club o el grupo con el que se relacionaba.
Era una presión real, pero relativamente limitada.
Hoy un adolescente puede abrir TikTok, Instagram o cualquier otra plataforma y encontrarse con millones de personas diciéndole, explícita o implícitamente, cómo debería vestirse, qué debería escuchar, qué debería comprar, qué debería admirar, qué cuerpo debería tener y hasta qué cosas debería considerar divertidas.
Y hay algo todavía más poderoso:
la repetición.
La primera vez algo puede parecer extraño.
La segunda, curioso.
La tercera, gracioso.
Después se vuelve familiar.
Y aquello que resulta familiar comienza a parecer normal.
El problema, entonces, no es necesariamente el trend.
El problema es la maquinaria de repetición que existe detrás del trend.
Para los padres, quizás este sea uno de los puntos más importantes.
Nuestros hijos no solamente observan a otros jóvenes.
Se comparan con ellos.
Comparan su ropa.
Su cuerpo.
Su cara.
Su cantidad de amigos.
Sus vacaciones.
Sus teléfonos.
Sus parejas.
Sus seguidores.
Sus experiencias.
Su popularidad.
Su vida.
Y lo hacen frente a una vidriera en la que casi nadie muestra la totalidad de su realidad.
Las redes sociales pueden transformar la vida cotidiana en una especie de ranking permanente.
¿Quién es más lindo?
¿Quién tiene más seguidores?
¿Quién recibe más likes?
¿Quién viaja más?
¿Quién tiene mejor cuerpo?
¿Quién parece más feliz?
¿Quién tiene más “aura”?
Y cuando la identidad todavía está en construcción, esa comparación puede resultar especialmente poderosa.
Porque siempre habrá alguien que parezca más atractivo, más exitoso, más popular, más feliz o más interesante.
Entonces aparece una pregunta especialmente dolorosa:
¿Qué ocurre cuando un joven empieza a sentir que nunca es suficiente?
Hay algo que como padres no deberíamos perder de vista.
Detrás de la pantalla "hay chicos que todavía están construyendo su identidad".
Y hacerlo mientras se encuentran permanentemente expuestos a modelos de éxito, belleza, popularidad y aceptación puede ser una carga enorme.
Las redes sociales no inventaron la comparación.
Pero la llevaron a una escala inédita.
Antes, un adolescente podía compararse con los compañeros de su escuela, con sus amigos o con los chicos de su barrio.
Hoy puede compararse con miles de personas en cuestión de minutos.
Con alguien que parece tener un cuerpo perfecto.
Con alguien que siempre está de vacaciones.
Con alguien que tiene miles de seguidores.
Con alguien que parece tener cientos de amigos.
Con alguien que muestra una relación aparentemente perfecta.
Con alguien que parece divertirse permanentemente.
El problema es que el adolescente compara su vida real con la versión editada de la vida de los demás.
Y esa comparación puede convertirse en una trampa.
Porque siempre habrá alguien que parezca más atractivo, más exitoso, más popular, más feliz o más interesante.
Un “like” puede parecer una cuestión insignificante.
Pero para alguien que todavía está construyendo su autoestima, la aprobación o el rechazo de los demás puede adquirir un peso enorme.
Una publicación que no recibe la respuesta esperada.
Un video que fracasa.
Una fotografía que recibe menos “me gusta” que la de un amigo.
Un comentario negativo.
Una comparación con alguien que parece tener una vida perfecta.
Son pequeñas situaciones que, aisladas, pueden no significar demasiado.
Pero cuando se repiten todos los días pueden contribuir a una sensación permanente de evaluación y de insuficiencia.
Y ahí aparece una preocupación que como sociedad no podemos ignorar:
"la salud mental de nuestros jóvenes."
Ansiedad, baja autoestima, aislamiento, problemas de imagen corporal, dificultades para relacionarse y síntomas depresivos forman parte de una conversación que cada vez resulta más difícil evitar cuando hablamos del impacto de las redes sociales.
Esto no significa que las redes sociales sean la causa única de la depresión o de otros problemas psicológicos.
La salud mental es mucho más compleja.
Intervienen factores familiares, escolares, sociales, económicos, biológicos y personales.
Pero tampoco podemos fingir que un entorno digital diseñado para captar nuestra atención durante horas no tiene ningún efecto sobre quienes todavía están formando su personalidad.
Y mucho menos cuando ese entorno les repite constantemente qué deberían ser para conseguir aprobación.
Quizás esta sea una de las preguntas más profundas de toda esta discusión.
Durante la adolescencia, una persona necesita descubrir quién es.
Pero ¿cómo se construye una identidad cuando permanentemente existe una audiencia evaluándola?
¿Puede un joven aprender a sentirse bien consigo mismo si constantemente necesita comprobar qué piensan los demás?
¿Puede aprender a tolerar el rechazo cuando el algoritmo le permite buscar inmediatamente otra dosis de aprobación?
¿Puede aprender a sentirse valioso sin que un contador le diga cuántas personas lo vieron?
¿Qué sucede cuando la autoestima empieza a depender de una pantalla?
Y acá el rol de los padres vuelve a ser fundamental.
No para controlar cada publicación.
No para perseguir cada tendencia.
No para demonizar la tecnología.
Sino para hacer algo mucho más difícil:
enseñarles a nuestros hijos que su valor no se mide en reproducciones, seguidores, comentarios, likes ni aprobación social.
Porque detrás de cada pantalla hay una persona.
Y detrás de cada adolescente que busca desesperadamente encajar puede haber simplemente alguien que todavía está tratando de descubrir quién es.
Hace poco, el fenómeno de los llamados “therians” ocupó buena parte de la conversación en redes sociales.
Jóvenes que expresan una identificación o conexión con animales comenzaron a reunirse, producir contenido y construir comunidades alrededor de esa identidad.
Más allá de lo que cada uno piense sobre el fenómeno, hay algo que resulta interesante observar:
las redes sociales tienen una capacidad extraordinaria para convertir comportamientos minoritarios en fenómenos visibles para millones de personas.
Ahora aparece “farmear aura”.
Mañana será otra cosa.
Y probablemente pasado mañana, otra.
Por eso sería un error centrar toda la discusión en una tendencia determinada.
Porque cuando desaparezca el “aura”, el mecanismo seguirá funcionando.
La cultura digital tiene una enorme capacidad para transformar memes en códigos, códigos en comportamientos y comportamientos en normas sociales.
Y lo hace a una velocidad que nuestras generaciones nunca experimentaron.
Quizás esta sea una de las preguntas más incómodas.
Durante siglos, una persona podía vivir gran parte de su vida sin que prácticamente nadie registrara sus momentos cotidianos.
Hoy cada instante puede convertirse en una publicación.
Una comida puede ser contenido.
Un viaje puede ser contenido.
Una discusión puede ser contenido.
Un cumpleaños puede ser contenido.
Un cuerpo puede ser contenido.
Una relación puede ser contenido.
Incluso la propia personalidad puede convertirse en una marca personal.
Entonces aparece una transformación silenciosa:
ya no solamente vivimos las experiencias; también pensamos en cómo se verán esas experiencias ante los demás.
¿Nos divertimos o estamos pensando en grabarlo?
¿Viajamos o estamos pensando en la foto?
¿Nos vestimos como queremos o como sabemos que será aprobado?
¿Hacemos algo porque nos gusta o porque sabemos que puede generar reacciones?
¿Somos nosotros mismos o estamos construyendo un personaje?
Esta discusión tampoco debería quedarse solamente en los adolescentes.
Hay una pregunta todavía más grande:
¿Quién gana cuando millones de personas pasan horas mirando una pantalla, comparándose, consumiendo y buscando aprobación?
Las grandes plataformas tecnológicas no necesitan necesariamente que un joven sea feliz o infeliz.
Necesitan que permanezca conectado.
Que mire otro video.
Que deslice nuevamente.
Que vuelva mañana.
Que interactúe.
Que compre.
Que comparta.
Que produzca contenido.
El algoritmo aprende qué consigue nuestra atención y vuelve a ofrecérnoslo.
Y cuanto más tiempo permanecemos dentro de ese circuito, más datos generamos y más precisa puede ser la capacidad de la plataforma para anticipar aquello que captará nuevamente nuestra atención.
Entonces vale la pena preguntarnos:
¿La tecnología está diseñada para mejorar nuestra vida o para capturar nuestra atención?
Y si la atención humana se convirtió en uno de los recursos más valiosos del planeta:
¿quién está ganando con ella?
Quizás la respuesta no sea quitarles el teléfono.
Tampoco ridiculizar una tendencia.
Ni decirles que “cuando nosotros éramos jóvenes estas cosas no existían”.
Porque sí existían.
Existían las modas, las tribus urbanas, los ídolos, las presiones sociales, las comparaciones y las ganas de pertenecer.
"Lo que cambió fue la escala."
Y la velocidad.
Por eso, cuando un hijo llega haciendo un gesto extraño, repitiendo una frase que no entendemos o siguiendo un trend que nos parece absurdo, quizás antes de preguntarle:
“¿De dónde sacaste semejante tontería?”
podríamos preguntarle:
“¿Qué significa para vos?”
Y después:
“¿Por qué te gusta?”
Y quizás una pregunta todavía más importante:
“¿Qué sentís cuando los demás lo aprueban?”
Porque detrás de una moda puede haber simplemente diversión.
Pero también puede haber una necesidad de pertenecer.
Una necesidad de ser visto.
Una necesidad de ser aceptado.
Una necesidad de sentirse suficiente.
Y ahí es donde los padres tienen un papel irremplazable.
La discusión sobre “farmear aura” puede parecer trivial.
Pero tal vez nos esté mostrando algo extraordinariamente importante.
Estamos entrando en una época en la que la tecnología no solamente acompaña "la evolución de la humanidad": también empieza a participar en la construcción de nuestra conducta, nuestros deseos y nuestras formas de relacionarnos.
La pregunta ya no es solamente qué hacen nuestros hijos en internet.
La pregunta es:
¿qué está haciendo internet con nuestros hijos?
Y, todavía más profundo:
¿qué estamos haciendo nosotros con la tecnología que les entregamos?
Quizás haya llegado el momento de dejar de preguntarnos solamente qué nuevo trend está siguiendo la Generación Z o la Generación Alfa.
Y empezar a preguntarnos hacia dónde estamos llevando a toda una generación.
¿Hacia dónde nos ha llevado la tecnología?
¿Hacia dónde nos está llevando?
¿Estamos utilizando la tecnología o la tecnología está aprendiendo a utilizarnos?
¿Qué sucede con una generación que crece siendo evaluada permanentemente por los demás?
¿Qué efecto tiene vivir comparándose con millones de personas?
¿Qué ocurre cuando la aprobación social puede medirse en likes, seguidores y reproducciones?
¿Estamos formando personas seguras de quiénes son o personas preocupadas por cómo son percibidas?
¿Quiénes son los verdaderos ganadores de esta era tecnológica?
¿Cuánto vale nuestra atención y quién está cobrando por ella?
¿Qué parte de nuestra personalidad estamos construyendo nosotros y qué parte está moldeando el algoritmo?
¿Qué ocurrirá cuando la inteligencia artificial sea capaz de conocer nuestras preferencias, debilidades y deseos mejor que nosotros mismos?
¿Estamos preparando a nuestros hijos para utilizar la tecnología o simplemente los estamos preparando para vivir dentro de ella?
Y quizás la pregunta más importante de todas:
¿Estamos enseñando a nuestros hijos a sentirse valiosos por lo que son o por la cantidad de personas que los miran?
Porque el próximo “farmear aura” va a llegar.
Después llegará otro.
Y otro.
La tendencia puede cambiar. El desafío permanece.
El verdadero desafío no es conseguir que nuestros hijos tengan más “aura”.
Es conseguir que sepan quiénes son cuando nadie los está mirando.
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