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Rocamora. Una lectura

08:14 PM, 20/12/2008 .. Publicado en Comentario de libros .. 1 comentarios .. Link

ROCAMORA[1]. UNA LECTURA

 

Todavía soy un lector crédulo. Sigo confiando en lo que los textos dicen. Sigo confinado en el perímetro voluble que sus artilugios instalan para ensanchar los límites del mundo y embellecerlo.

“Rocamora”, el extenso poema que da título al libro de Alejo Carbonell, dice que Rocamora es el nombre de una calle, o mejor dicho: “una palabra compuesta / que a mitad de recorrido se hace peatonal”. “Rocamora”, el poema, es el relato de un viaje de regreso a la ciudad natal, más precisamente a Concepción del Uruguay, provincia de Entre Ríos.

Éste, al igual que todo viaje, implica, además de un desplazamiento por el espacio, un traslado por el tiempo. El recorrido por una topología y una toponimia entrañables (lugares situados y nombrados con exactitud) permite el registro de ciertos personajes y sucesos (una mujer que barre la vereda, una bicicleta que pasa) y de ciertas modificaciones edilicias (“al lado está el pelotero / pero antes en este terreno / había canchas de paddle / y antes / vivió lópez jordán.”).

Gradualmente, la observación precisa y detallada se vuelve remembranza; el paneo por una geografía conocida y el relevamiento urbanístico-arquitectónico devienen tiempo vivido y recobrado. Así, se recuperan los vestigios de épocas pasadas; y otros son los escenarios, otros los acontecimientos y otros los personajes: los bares donde transcurrió la juventud con sus vagabundeos, peleas y discusiones; los amigos El Bocha, Huguito y El Camboyano; los porros adolescentes. Otra ciudad, situada en el mapa, fantasmagórico pero indeleble de la memoria, retorna; otra temporalidad regresa y se superpone y contrasta con el presente.

Quisiera concentrarme un ratito en esta suerte de pasaje por el cual el pasado comienza a actualizarse y a imponer, finalmente, sus coordenadas en el poema, como esa memoria involuntaria que Benjamin descubrió en Proust, un reflujo de fulgores dislocados e intermitencias imprevistas. Porque considero –y se trata de una hipótesis de lectura- que el ejercicio de la rememoración, la vía del recuerdo, hace de “Rocamora” un texto decididamente político.

Mediante la evocación que pone en marcha, el yo poético desanda su historia personal, repasa parte del anecdotario de su adolescencia, se remonta hasta su infancia e incluso más atrás, ya que el gesto autobiográfico abarca, también, otras historias que se retrotraen a un tiempo anterior a la existencia misma del poeta. Se recuperan la historia de la madre y la de “El Despertar del Obrero”, una cooperativa anarquista, fundada en 1918 a partir de una huelga de panaderos, que impulsó diversas actividades socioculturales y contó con una inmensa biblioteca cuyos libros fueron donados a la Escuela Normal, y “quemados en los noventa / porque ocupaban lugar.”

Los lectores acompañan al sujeto de la enunciación (a la primera persona que va organizando el poema) a lo largo de un paseo, cansino y un tanto melancólico, por una calle que es una senda de su memoria poética: comparten sus percepciones y recuerdos, asisten a la rememoración de una serie de anécdotas (de situaciones, de diálogos, de voces), se enteran de historias que van de lo familiar a lo comunitario. El poema traza una especie de cartografía donde la subjetividad del poeta funciona como una caja de resonancia, como una cámara y como un archivo.

Filmar-recordar: dos acciones que primero se intercalan y luego se fusionan. La observación minuciosa (“En la esquina de la plaza / hay un pingüino despintado de lata / invitando a tomar helados / y sólo la sorpresa / lo hace atractivo”) dispara la evocación, estrictamente autobiográfica, y ésta da paso a la historia. La rememoración de índole privada transmuta en memoria colectiva; y el poema adquiere el tenor (el timbre y el alcance) de un testimonio y actúa como el rescate y el resguardo de una épica libertaria, reprimida y ocultada atrozmente por el Estado opresor.

Filmar-recordar- testimoniar, el trayecto sobre el que se articula “Rocamora” y que el poema anticipa en su estrofa número once cuando dice: “a mitad de cuadra / pintaron un mural / con la cara del chilo zaragoza / y es justo exigirles / que a partir de ahora / esta historia / que baja una línea / cada cuatro o cinco palabras / sea leída / con ese fondo de pantalla”. Se nombra por su apodo a un estudiante y militante comunista, nacido en Concepción del Uruguay, quien, en 1975, a los 21 años, mientras residía en La Plata, donde cursaba el quinto año de la carrera de Bioquímica y presidía el Centro de Estudiantes, fue secuestrado y luego asesinado por la Triple A. Y, seguidamente, se efectúa una exigencia de lectura, una invitación a leer en clave política, documental y testimonial este texto.

Dicha clave de lectura - que procede de un reclamo y una interpelación destinada a los lectores- puede extenderse a los restantes poemas (mucho más breves, por cierto) que integran el poemario, en especial “El campo” y “Boomerang tejerían”. Los poemas de este libro son alegorías políticas constituidas por un fuerte impulso narrativo cuyo punto de referencia último es el examen de los vínculos entre poesía y poder.

¿Qué es lo que poesía puede hacer cuando el poder, el mercado, la institución literaria, la gestión cultural oficialista disponen para ella una trama de seducción, de acoplamiento integrador y funcional? ¿Engancharse en ese juego de concesiones, premios, becas y espectacularidad publicitaria? ¿Tomar distancia, replegarse y enmudecer? ¿Qué hace Alejo Carbonell con su poesía, con su escritura? ¿En qué consiste la poética de Carbonell?

Un empuje narrativo, evidente y sostenido, atraviesa su poesía y la emparienta con la escritura de un gran autor argentino, también de origen litoraleño: me refiero a Juan José Saer. Para Carbonell la poesía es un arte de narrar; de expandir el lenguaje para recoger, de la percepción y el recuerdo, del escrutinio detallista y la reminiscencia pausada, retazos de historias, destellos de objetos que impactan la sensibilidad y la memoria. Son sucesos mínimos y cosas en apariencia triviales ligados a la experiencia íntima, a la vida del poeta, a su biografía, pero que operan como umbrales, como entradas a una esfera más amplia, de carácter social, cultural y político. Al tomar nota de los mismos y al otorgarles una configuración narrativa, el ritmo y el orden de una historia concisa y consistente, Carbonell los transforma en pequeñas epifanías que, más que certificar la extrañeza del mundo, que exaltar una supuesta dimensión mágica y maravillosa que lo recubriría, lo muestran en lo que tiene de concreto, de histórico; alumbran, así, esas zonas de intensidad y resistencia que los relatos dominantes encubren para sostenerse e imponerse; discute con esas ficciones de la amnesia que pretenden presentificarlo todo o convertir el pasado en un museo apto para la mirada bulímica de un turista.

Los poemas de Carbonell nos dicen que un camino, un río, un árbol, una calle, una pared, un edificio, un bar, una música envían a un ser humano, a un individuo o a una colectividad; remiten a vidas, a cuerpos provistos de ideas y emociones; nos muestran (sin didactismo, con parquedad deliberada) que la poseía puede ser el testimonio de sus goces y padecimientos, de sus ideales y derrotas, de sus luchas y proyectos, de sus voces acalladas, de sus existencias vueltas anónimas en una época en la que el consumo y el éxito son los dispositivos principales de reconocimiento y, como contrapartida, de exclusión.

Por eso, en lo que este poeta escribe, todo (personas y cosas) tiene un nombre propio, una identificación puntual. Me atrevo a hablar de un realismo, de una tentativa de que el lenguaje abandone su clausura y salga al encuentro de lo real. Esta salida del reinado de los signos rumbo al mundo y sus conflictos podría verse como una marca generacional, un común denominador que acerca la poesía de Carbonell a una tendencia que suele denominarse “antilírica”, “neobjetivista”, “cotidiana y urbana”. Sabemos bien que un rótulo, o una serie de rotulaciones, suele congelar la productividad de una escritura y hacer de la lectura una rutina perezosa o una caza de novedades que envejecen sin solución de continuidad.

En los poemas de Racamora, el léxico es llano, coloquial, ceñido y sus versos se tienden y cortan conforme a las modulaciones propias de la oralidad. En ellos se despliega una voz que registra, rememora y atestigua. Esa voz omite los derrames sentimentales, los ensimismamientos pretendidamente conceptualistas y las declamaciones panfletarias. La “bajada de línea”, lo político, que es el sello de esta poesía, pasa por el corrimiento sutil de la esfera de lo subjetivo al campo de lo social e histórico, bajo la premisa (tácita, jamás expuesta) de que lo íntimo se trama indisolublemente con lo colectivo.

Hablo de un traslado temático que se produce en un contexto lingüístico sumamente hospitalario para el lector, en el que el uso de ciertos nombres propios, vinculados al mundillo de la literatura nacional (Ríos, Villafañe, Calveyra), además de requerir un grado de complicidad lectora, arman una genealogía, un lugar de pertenencia, una suerte de hermandad de poetas que es, también, la sede simbólica de una ética, de una posición respecto de la escritura y el mundo. Hablo de un enclave, de un puesto de enunciación localizado en la periferia geográfica, artística e ideológica. Hablo de un modo de decir y de marcar la lengua que encuentra su fortaleza ubicándose al sesgo de las estéticas hegemónicas.

Traslado, corrimiento, pasaje. Términos que remiten al campo de la metáfora y, por desplazamiento, también, al ámbito propio de la poesía. Si la poesía es el plano de la lengua donde lo metafórico se potencia y excede, en Rocamora, la metáfora, más que una propiedad de la frase, que un efecto tropológico, es un movimiento general que transporta cada poema, considerado como un todo, del dominio de las significaciones ostensivas (predominantemente referenciales) a una apertura de sentido que se constituye en una reflexión crítica sobre los nexos subterráneos entre poesía y política, poesía y cultura, poesía y sociedad.

En un ensayo de La boca del testimonio, denominado “Testimoniar sin metáfora”[2], Tamara Kamenszain toma los casos de Washington Cucurto, Martín Gambarotta y Roberta Iannanico como ejemplares muestras de una poesía que prescinde, programáticamente, de las mediaciones simbólicas, de los desvíos y figuraciones propias de la escritura poética, para afrontar, sin enmascaramientos imaginarios y espesores discursivos, la inmediata desnudez de lo real.

Creo que si bien es posible reconocer en Rocamora tanto elementos “antilíricos” y “neo-objetivistas”, una restricción expresiva que apunta a reducir a cero la ostentación verbal y el ornamento retórico (a vaciar el discurso de los manierismos del buen decir y de las tentaciones del embellecimiento instituido), su acción de testimoniar, su voluntad de hacer de la poesía una práctica crítica de la memoria y un acto socialmente simbólico, se destacan y particularizan porque en la poesía de Carbonell hay humor e ironía en la misma proporción en que se eliminan el cinismo, la jovialidad desencantada, la impostura ingenua y frívola y se toma conciencia de que el barro de la historia rezuma (y resume) tragedia, dolor e injusticia.

“Ningún poema está dedicado al lector”, afirmó Walter Benjamin. Quise ser un lector dedicado tomar nota de las iluminaciones profanas que Rocamora enciende, a dejar constancia de sus verdades y sus enigmas resplandecientes.

 

José Di Marco

[Texto leído en la presentación de Rocamora, de Alejo Carbonell: sábado 11 de octubre, “Encuentro Aguante Poesía”, Sala Susana Michelotti, 4ta. Feria del Libro Juan Filloy, Río Cuarto, 2008]

 



[1] Rocamora, por Alejo Carbonell, Ediciones Recovecos, Córdoba, 2008.

[2] Tamara Kamenszain: La boca del testimonio. Lo que dice la poesía, Grupo Editorial Norma, Buenos Aires, 2007.


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Comentario sin título

10:38 PM, 23/3/2009 .. Publicado por noelia rocamora
hola me llamo la atencion ver mi apellido como titulo de algo, de donde lo sacastes?
por curiosidad.

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