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El deseo y el amor: pasiones gemelas del poema

12:16 AM, 27/5/2010 .. 1 comentarios .. Link

A propósito de Siempre deseando verte… Selección amatoria, de Osvaldo Guevara. Ediciones cartografías, Colección Archipiélago, Volumen 9, Río cuarto, 2010, 80 páginas

 

Voy a empezar con unos dichos del mismo Osvaldo Guevara: “… yo oscilo entre la aventura y el orden, para decirlo con las palabras de un libro de Guillermo de Torre. Soy dual, algo así como un dionisíaco puesto a vivir como apolíneo; luchan en mí el hombre de las aperturas, de las impulsiones, casi le diría el sacrílego, el transgresor, con el otro del control, de la conducta reglada y de las buenas maneras. Eso tal vez se dé en mí como parte de mi condición humana.” La cita pertenece a “La otra palabra de Osvaldo Guevara”, la entrevista que encabeza Poemas en verso y prosa (inventario de una obra completa inconclusa)[1], el volumen editado en 1998 por la Editorial de la Fundación de la Universidad Nacional de Río Cuarto y que reúne la producción de Guevara desde Oda al sapo y Cuatro sonetos[2], de 1960, hasta Primera persona[3], de 1994.

La mencionada entrevista es una ocasión imprescindible para conocer de boca del autor los aspectos centrales de su poética: me refiero no sólo su concepción de la poesía, a sus componentes doctrinarios y sus facetas técnicas, sino también a la postura ante el lenguaje y la vida con la que aquella se entreteje. Junto a sus convicciones estéticas y éticas y a algunos de los tramos más relevantes de su biografía, Guevara expone sus lecturas de formación y sus preferencias literarias. Además de relevar los motivos que lo obligaron a radicarse en Villa Dolores, reconocer su deuda con los poetas del Modernismo y el siglo de Oro y confesar su admiración por Lugones y Neruda, nos permite asomarnos al lado secreto de sus poemas, tomar nota de ciertos pormenores vinculados con el proceso creativo y enterarnos, sobre todo, de la importancia inexcusable que le concede a la corrección, ese momento en el que la conciencia crítica del poeta interviene en la escritura para hacer de la calidad artística el criterio dominante cuando se trata de otorgarle una forma justa al poema. Por ejemplo, “Coruscante garganta” se llamaba en su versión primigenia “Crepitante garganta”. El cambio produce un desplazamiento que va de lo auditivo a lo visual; la aliteración se mantiene, pero se vuelve más suave y agradable al oído. La elección de un adjetivo desusado, si se toma como parámetro el registro coloquial, no es caprichosa y, por el contrario, encierra resonancias acústicas y modificaciones semánticas apenas perceptibles pero determinantes[4].

Volviendo a la cita del comienzo, entiendo que esa tensión entre la aventura y el orden recorre la obra íntegra de Osvaldo Guevara, tanto los poemas incluidos en la compilación de 1998 como los que le siguieron, es decir: los agrupados en Sin pena en la palabra (2007)[5] y en Siempre deseando verte…[6], el libro que Cartografías acaba de editar.

Una manera de resumir la lógica de esa tensión consiste en subrayar la coexistencia de estructuras cerradas con formas abiertas; dos movimientos, uno centrípeto y otro centrífugo, se convocan y actúan simultáneamente a lo largo de un mismo libro e, incluso, en el seno de en un mismo poema. Por ejemplo, “El verano por los brotes” es un poema originariamente incluido en Garganta en verde claro, de 1964, “un libro –señaló Guevara- paradigmático porque por circunstancias biográficas fue escrito en una especie de trance onírico”[7]. Elegido por el autor para formar parte de esta selección amatoria, el poema, una invocación febril en que la figura ausente de la amada se recorta sobre un paisaje inhóspito, dispone una cascada de imágenes de cuño surrealista en 32 estrofas de dos versos cada una. Así la pauta rítmica -producto de que los versos tienen ocho sílabas con rima asonante en los impares- impide que el discurso, regido por el fluir ilógico de la asociación libre, se desborde en una proliferación amorfa e incomprensible.

Los módulos estróficos y las extensiones métricas clásicas y tradicionales conviven, en una peculiar armonía, con una exploración incesante de la dimensión tropológica del lenguaje en todos sus niveles: el sonoro, el sintáctico y el semántico, donde la analogía cobra un protagonismo sin par a través de imágenes, metáforas y comparaciones que tuercen las significaciones estereotipadas. El impulso volcánico de las imágenes, la sonoridad sensual de las frases y la emoción intensa que modula el timbre de cada poema se ciñen con curiosa naturalidad a esquemas estructurales rigurosos, entre los que vale destacar la forma soneto.

 

Al escribir, Guevara reúne, sin estridencias ni artificio, tradición y modernidad: el principio orgánico propio del clasicismo con las efervescencias subjetivas del romanticismo; el sustrato básico del español con las acentuaciones coloquiales del idioma argentino de todos los días; la tendencia al orden con la tentación de la ruptura vanguardista, díscola y transgresora; las modulaciones elegantes del endecasílabo y la respiración alargada y envolvente del alejandrino con el automatismo de la imagen onírica; la aliteración delicada, casi imperceptible, con el corte abrupto del verso, que deviene palabra concisa, balbuceante.

Javier Adúriz designa con el término “posclásico” el quehacer de un conjunto heterogéneo de poetas argentinos contemporáneos que comparten, aun en la diversidad de sus trayectorias e inclinaciones poéticas, una actitud artística similar, una dirección espiritual mancomunada. Dice Adúriz: “El posclásico (…) es otro vanguardismo: una suerte de ismo de lo clásico. Un andarivel estético con alcances sólo relativos porque ha dejado de lado la convicción de valor absoluto. Tiene de lo clásico, en principio, un peculiar trabajo sobre la lengua, que deviene en enfoque; y de la vanguardia, el ADN de la libertad…”[8]. Joaquín Giannuzzi, Rodolfo Godino, Enrique Butti, Ricardo Herrera, Luis Tedesco, Santiago Sylverster, Horacio Castillo y Antonio Requeni son algunos de sus representantes más conspicuos.

Lejos de la pretensión de encontrar rótulos simplificadores, creo que, al menos desde una perspectiva histórica, la poesía de Osvaldo se integra, con identidad propia, al plantel versátil de los posclásicos, debido, sobre todo, a la manera en que convierte la tradición en un legado activo, considerándola menos un peso muerto que un punto de partida, una memoria fértil, y al asumir lo vanguardista, su temperamento crítico y su afán de cambio, en tanto que la posibilidad de emprender la escritura como una aventura, reiterada y a la vez siempre nueva, por los meandros del lenguaje.

Tengo la impresión – y no un juicio que resultare de un escrutinio intelectual previo- de que una impronta musical comanda el arte de la composición poética que Guevara viene oficiando con maestría desde hace más o menos 60 años. Provengan de la experiencia o surjan de la inventiva, expresen un estado de ánimo puntual o registren una circunstancia más amplia, los poemas de Osvaldo se arman conforme una pauta rítmica y una línea melódica vigorosas. Se trate de un soneto perfecto, como “Rosa”, de los pareados con rima asonante de “Los ojos ausentes”,  de la escansión libre de “A veces el amor” o de la variante epigramática de “Puertas” (para nombrar poemas que forman parte de Siempre deseando verte…), el alcance del efecto estético se deriva del imperativo de “sonar bien”. Incluso en aquellos textos que toman distancia de las estructuras cerradas y se inclinan por el abandono de la rima y un prosaísmo descarnado (estoy pensando en los de Diario de invierno, de 1990), el recurso de la aliteración provoca un aura sonora, el eco de una música reverberante, a pesar de la acritud del tema o de su aridez explícita.

Es indudable que Guevara cuenta a favor con algo así como un instinto, una especie de facilidad innata, para acomodar las palabras conforme un patrón sensorial, auditivo y plástico. La solvencia con que maneja las reglas de la composición, su evidente dominio de la preceptiva, encauza esa desenvoltura cuasi espontánea para que lo emocional se revista de cualidades estéticas y, según lo muestran sus poemas, sea mucho más que un mero autor de versos prolijos y sonoramente simpáticos. Su ductilidad técnica constituye el medio necesario para introducir una perspectiva singular y decir algo indispensable acerca de las intrincadas relaciones que los seres humanos mantienen entre ellos, envueltos no sólo por el vaivén de sus sentimientos y pasiones vacilantes sino también por el rumor de las circunstancias históricas y sociales.

Es obvio que estamos hablando de un poeta dotado de un oído prodigioso, pero asimismo es indiscutible su capacidad de advertir e inventar analogías, correspondencias originales y felices allí donde otros se quedan ciegos ante la impavidez de lo real o reproducen fotográficamente sus apariencias. “Las mariposas del agua / que a veces bajan del cielo / aletean  impacientes / cuando divisan tu pelo.”[9] Gracias al candor y ligereza de esta copla tenemos la posibilidad de notar, acaso por primera y única vez, que una bandada de mariposas muta en una lluvia grácil, delicada e irradiante y que el pelo de una mujer se metamorfosea en un imán para esa lluvia, la que embelesada desciende tal como lo haría una bandada de mariposas. Henchidos de imágenes, metáforas y comparaciones, los poemas de Guevara muestran ligaduras y similitudes insospechadas que expanden el lenguaje, multiplican la fisonomía del mundo y desafían nuestras percepciones embotadas y nuestros esquemas mentales endurecidos.

 

En El soneto. Ese indeseable deseado, ese tratado tan erudito como ameno que Osvaldo Guevara escribió, encuentro esta pregunta y su consecutiva respuesta: “¿Siempre habrá sonetos? Los habrá en tanto la poesía los requiera. Si llega alguna vez la muerte sonetaria, ocurrirá por la propia dinámica de la lírica, que en su devenir ha creado y sepultado formas. En tanto, el soneto caminará las avenidas zigzagueantes del poetizar, más allá de zumbas, agorerías, vituperios, insidias, escupitajos, como una posibilidad expresiva para los poetas que lo sientan necesario y lo legitimen con el uso.”[10] Guevara ha dado muestras sobrantes del manejo fenomenal de esa posibilidad expresiva, de la que ha que hecho un uso legítimo y justificado en casi todos sus poemarios.

Hay once sonetos en Siempre deseando verte…: “Rosa”, “Frustración”, “El cazador”, “Coruscante garganta”, “Vuelta del perro”, “Abandono”, “El desahuciado”, un fragmento de “Sonetos para tu adiós y tu regreso”, “Terminal”, “Esta mano” y “Soneto olfativo”. La importancia de los mismos radica en que –ya desde sus respectivos títulos- resumen y rezuman el tono que predomina en la antología. Los 32 textos que la componen pertenecen a los distintos libros del autor, los une su afinidad temática y están distribuidos en base a un criterio que no es el cronológico. Así, poemas de diferentes épocas y de características formales disímiles se alternan a lo largo del volumen. La selección muestra la tenacidad de un tema que, junto a los del paisaje y del mundo animal, conforma uno de los motivos recurrentes de la poética de Guevara, y exhibe además la alternancia de formas abiertas y cerradas, la compatibilidad de orden y aventura, esas dos direcciones del espíritu que pulsan desde un comienzo su escritura.

En Siempre deseando verte..., la unidad temática tiende un plano de homogeneidad que intersectan las variaciones estilísticas de cada libro en particular. Por ejemplo, y dejando de lado los sonetos, que integrarían una especie de bloque independiente y uniforme, en especial los extraídos del corpus de Sólo sonetos (1991)[11], “Deshabitado” exhibe el ímpetu libertario que se manifiesta en imágenes de un patetismo visual pasmoso, propias de en La sangre en armas (1962)[12] : “La luna es una sábana mortuoria / sobre mi soledad de planta helada”;  “Nocturno ambulante” expone la intimidad escueta y la sencillez léxica, que no renuncia a la invención metafórica, de Los zapatos de asfalto (1967): “Agua como a pedazos muerde mi corazón”; “Poemanombre”, se permite el registro coloquial, el pleonasmo y el neologismo como índices del transfondo de un período histórico que reclamaba a la poesía transparencia, prontitud y utilidad  Para que me entiendan bien (1975)[13]: “Te imaginás qué gloria, te das cuenta qué gracia, / voltear muñecos turbios con tu nombre consigna,/ abrir sitio en la tierra a gracielazo limpio”; “Pisadas” despliega la concentrada y sustantiva expresión que prevalece y construye imágenes con la nitidez de un fotograma en Diario de invierno (1990)[14]: “Tu angustia / pájaro enredado / entre espinas”; “Nosotros” revela la velocidad y el ascetismo que libera al lenguaje de aditamentos dilatorios en Sin pena en la palabra (2007): “Ella y yo / ciertos días: / dos enfermos con sed / sobre la sal del mar / en el fondo de un bote a la deriva.”

A partir del título, en el que sobresalen el adverbio de tiempo y el gerundio, Siempre deseando verte… instala en el pensamiento y en el ánimo del lector una idea y una sensación de continuidad e insistencia, que la lectura de los poemas irá confirmando. El amor desencadena el deseo de escribir y el deseo se revela como pura duración, continuo permanente e inacabado, que asume formas cambiantes de escritura, variaciones musicales y plásticas, para decir, mejor dicho: para ir diciendo, sin solución de continuidad, las modalidades que el amor adquiere en casi todos los poemas de este libro: las de la ausencia, la pérdida, la separación, la distancia y la soledad. El amor es lo que pasó; el deseo lo que está sucediendo, el acto de escritura perpetuo que la lectura revive y recrea; y el poema, el encuentro inevitable, en absoluto fortuito, en el que esos dos modos de la pasión colisionan, se reúnen y anudan. El poema es memoria de lo perdido, invocación de lo ausente, anhelo insatisfecho, letanía, fracaso, expulsión, reclamo, rabia, dolor.

Ciertos clichés y ciertas representaciones estereotipadas permanecen latentes cuando se habla de poesía y se tornan más amenazadores aún cuando un poeta  elige al amor como asunto preponderante: los de un decir efusivo, confesional y edulcorado. Siempre deseando verte… desbarata esos lugares comunes y las expectativas lectoras que suelen acompañarlos. El texto –y hablo ahora del poemario en su conjunto- está plagado de adioses y despedidas, de andenes y terminales de ómnibus, de bares y cuartos cerrados, de humo de cigarrillo, ensoñaciones febriles, esperas interminables y desconsuelo. El amor, causa eficiente del deseo, motivo de la avidez compulsiva e insaciable motor de la escritura que busca apresarlo sin conseguirlo, raramente es celebración del encuentro, lugar de comunión o instante pleno de felicidad. 

Sin embargo, “Coplas que a veces me salen”, “Poemanombre” y “Niña Carmen”[15] atenúan ese registro y establecen un contrapunto cálido y eufórico con el ánimo más bien lóbrego que sostiene la atmósfera de melancolía y angustia sobresaliente. Algo semejante puede afirmarse de “El cazador”[16], “Borracheras” y “Lingual”[17], poemas de un erotismo cortés en los que asoma otro de los vectores que distinguen a la poesía de Guevara: el decir sugerente, la insinuación oblicua, el sobreentendido que evita la redundancia.

            Mediante esta recopilación personal, Osvaldo Guevara traza un mapa de su obra todavía en proceso, le propone al lector una hoja de ruta y lo invita a transitarla señalándole al amor como uno de sus parajes más seductores. Pero antes que un sitio hospitalario, una estancia plácida y distendida, una excusa para el devaneo leve y la dicción meliflua, el amor se presenta como una experiencia desgarradora, extrema, absoluta que hace temblar la palabra, encendiéndola y cargándola de resonancias y vibraciones duraderas.

Regreso a la entrevista del principio y, con ella, a las palabras de nuestro autor: “Si yo le dijera qué es para mí la poesía, sin pretender que sea esto para los demás, qué entiendo que es la poesía, qué es lo que estoy haciendo yo cuando practico, cuando oficio la poesía le diría que es… la expresión emocional y estética de un estado interior, mediante la palabra sujeta a un orden y a un ritmo determinados.”[18]

Por cierto que Siempre deseando verte… cumple con creces ese cometido.

 

 

José Di Marco

Mayo de 2010



[1] Editorial de la Fundación de la Universidad Nacional de Río Cuarto, Río Cuarto, 1998.

[2] Ediciones Díaz Bagú, Córdoba, 1960.

[3] Ediciones Vestal, Río Ceballos, 1994.

[4] “Crepitante garganta” fue publicado originariamente en Los zapatos de asfalto, Imprenta Macció Hnos., Río Cuarto, 1967; con el título de “Coruscante garganta” integra la antología que estamos comentando.

[5] Código Gráfico, Villa Dolores, 2007.

[6] Siempre deseando verte…Selección amatoria, Cartografías, Archipiélago, Volumen 9, Río Cuarto, 2010, p. 26.

[7]La otra palabra de Osvaldo Guevara”, op., cit., p. 27. Garganta en verde claro fue editado por Diario La Calle, Río Cuarto, 1964.

[8] Adúriz, Javier: “Posclásico, una aproximación”, en Autores Varios: Tres décadas de poesía argentina, 1976 – 2006, Libros del Rojas, Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, 2006, pp. 78 – 79.

[9] “Coplas que a veces me salen (Fragmento)”, en Siempre deseando verte…, p. 26.

[10] Guevara, Osvaldo: El soneto. Ese indeseable deseado, Gráfica Libaak, Villa Dolores, 2004, p. 46.

[11] Guevara, Osvaldo: Sólo sonetos, Gráfica Libaak, Villa Dolores, 1991.

[12] La sangre en armas, Diario La Calle, Río Cuarto, 1962.

[13] Fue inicialmente publicado como una sección de Antología Poética: Años y Perjuicios, Coedición: Dirección Municipal de Cultura Río Cuarto y Librería Superior Editora, Talleres Gráficos Macció Hnos., 1975, pp. 99 – 115.  En Poemas en verso y prosa (Inventario de una obra completa inconclusa) aparece como el apartado final de “Los zapatos de asfalto”.

[14] Gráfica Libaak, Villa Dolores, 1990.

[15] Publicado por primera vez en Niña Carmen, Imprenta Macció Hnos., con el apoyo de la Fundación Dichiara, Río Cuarto, 1983.

[16] De Los zapatos de asfalto.

[17] Tanto “Borracheras” como “Lingual” provienen de Sin pena en la palabra.

[18] “La otra palabra de Osvaldo Guevara”, op., cit., pp. 19 – 20.


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YqSzEePQDYc

01:58 AM, 17/2/2012 .. Publicado por Resthiie
Te eaqovicus, no es ridiculo, es un error de los servicios juridicos del gobierno canario. Esos mismos servicios juridicos que han realizado una labor magnifica en los casos de Veneguera, Tebeto y otros mas. No confundas error con ridiculo. Yo agradezco que lo hubiesen intentado y que lo sigan intentando si los servicios juridicos ven algun camino para retomar el asunto.LOS DERBIS DEBEN SER SIEMPRE EN ABIERTO

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